Golden Axe: la fantasía que gobernó las maquinitas

SEGA  ·  1989

Golden Axe llevó la fantasía medieval al beat ‘em up con héroes, magia y bestias montables. Un pilar cooperativo del arcade y del Genesis

Golden Axe es el sabor de una época: monedas en la bolsa, el zumbido de la maquinita y la fantasía de agarrar un hacha, una espada o una maza para partirle la cara a un ejército de esqueletos y gigantes. Fue uno de los brawlers de fantasía medieval más queridos de Sega, y su salto del arcade a la casa lo volvió un pilar de la biblioteca del Genesis.

La fórmula era directa y adictiva. Tres héroes para elegir —el bárbaro Ax Battler, la amazona Tyris Flare y el enano Gilius Thunderhead—, cada uno con su estilo y su magia. Avanzabas a la derecha, repartías golpes, y de vez en cuando desatabas hechizos que llenaban la pantalla de fuego, rayos o tornados. Ese momento de soltar la magia, con la animación entera tomándose la pantalla, era pura catarsis.

El toque genial fueron las bestias montables. Podías patear a los enemigos para tirarlos de sus dragones y monturas, subirte tú y usarlas como armas: dragones que escupían fuego, criaturas que embestían. Ese detalle le daba variedad al combate y un factor “cool” que enganchaba.

El cooperativo fue su alma social. Golden Axe brillaba jugado en pareja, dos jugadores abriéndose paso juntos, y esa dinámica de compartir controles y estrategias fue parte de por qué se quedó en la memoria colectiva. En las salas de arcade mexicanas, hacer equipo con un desconocido para pasar una etapa era una amistad instantánea que duraba lo que durara la partida.

Estéticamente, bebía del cine de espada y brujería de los 80, esas películas de fantasía que llenaban el videoclub. Su mundo de castillos, dragones y hechiceros malvados era genérico a propósito, y justo por eso funcionaba: era la fantasía en su forma más pura y accesible.

Golden Axe no reinventó nada, pero ejecutó la fantasía de aventura con tanto carisma que se ganó un lugar eterno entre los clásicos de Sega. Es nostalgia jugable, de esa que se disfruta igual en pareja hoy que hace tres décadas. Y en un mundo de juegos enormes y complicados, esa promesa tan sencilla —dos jugadores, un hacha y una tarde— se siente hoy más que nunca como un pequeño lujo.