El villano nunca fue la consola: qué le enseñan los videojuegos al cerebro de los niños

Durante décadas el videojuego fue el sospechoso favorito de cualquier mal comportamiento infantil. La evidencia reciente cuenta otra historia: jugado con límites y supervisión, entrena habilidades —motrices, de decisión y de atención— que la tele y las redes sociales, sencillamente, no tocan.

Arranquemos por lo más tangible: la capacidad motriz. Un buen número de videojuegos exige respuesta rápida y precisión, y ese entrenamiento constante refuerza la coordinación mano-ojo y lo que los especialistas llaman la conexión cerebro-mano. No es un detalle menor: esos procesos perceptivo-motrices son la misma base que un niño usa para escribir, recortar, atarse las agujetas o practicar un deporte. El juego, sin proponérselo, funciona como un gimnasio para la motricidad fina.

Decidir rápido, decidir bajo presión

El segundo gran músculo que se ejercita es la toma de decisiones. Los juegos de acción y de estrategia en tiempo real —piensa en un StarCraft o un League of Legends— obligan a procesar información compleja, evaluar riesgos y elegir la mejor opción en fracciones de segundo. Investigaciones sobre jugadores de acción han encontrado que llegan a tomar decisiones alrededor de un 25% más rápido que quienes no juegan, y sin sacrificar la precisión. A eso se suma el aprendizaje por ensayo y error en un entorno seguro: el niño prueba, falla, corrige y vuelve a intentar sin consecuencias reales, afinando su capacidad de decisión partida tras partida.

Lo que dice la ciencia (y una voz mexicana)

En el terreno cognitivo más amplio, un estudio a gran escala que siguió a miles de niños de 9 y 10 años —a partir de la cohorte ABCD, con investigadores de Suecia, Alemania y Países Bajos— encontró que el tiempo dedicado a videojuegos se asoció con mejoras en medidas de inteligencia, algo que no ocurrió con ver televisión ni con las redes sociales.

El beneficio, además, no dependía del tipo de juego ni del dispositivo. La explicación es lógica: jugar exige resolver problemas de forma continua, adaptar estrategias y decidir bajo presión, lo que entrena la memoria operativa, la flexibilidad cognitiva y el autocontrol. En México, la Dra. Carla Márquez, del Laboratorio de Neurociencias de la Universidad Iberoamericana, lo resume bien: los videojuegos permiten a niñas y niños tomar decisiones que exigen habilidades cognitivas en un espacio seguro, y son una ventana para explorar sus habilidades socioemocionales.

El equilibrio: con intención y con límites

Nada de esto es una carta blanca. Los mismos especialistas insisten en el equilibrio. Los videojuegos entregan recompensas inmediatas que disparan dopamina de forma constante, algo que en el mundo real no sucede así, y el exceso trae sus propios costos: sedentarismo, alteración del sueño y menos tiempo para el juego físico y la convivencia cara a cara.

Por eso la palabra clave es intención. El beneficio aparece cuando un adulto elige juegos adecuados a la edad, pone límites de tiempo razonables y —esto es lo más poderoso— se sienta a jugar y a conversar sobre lo jugado. El control, al final, no está en prohibir la consola: está en acompañar. El villano de esta historia nunca fue el videojuego.