N64 · 1997
GoldenEye 007 llevó el shooter a la consola y convirtió el multijugador de pantalla dividida en un ritual social. El FPS que definió las tardes de N64
GoldenEye 007 hizo algo que parecía imposible: convirtió un shooter en primera persona —un género que vivía en la computadora— en el rey indiscutible de la sala de la casa. Y de paso, redefinió lo que significaba un fin de semana con los amigos. Su verdadera revolución no estuvo en la campaña, por buena que fuera, sino en cuatro palabras: multijugador de pantalla dividida.
El modo multijugador fue casi una ocurrencia de último minuto del equipo de desarrollo, y terminó siendo lo más importante del juego. Cuatro jugadores, una tele, la pantalla partida en cuatro, y el caos absoluto de traicionarte con tu mejor amigo por un rocket launcher. Elegir personaje, escoger el escenario, prohibir a Oddjob porque era “trampa” por lo bajito que era: esas reglas caseras no venían en el manual, las inventaba cada grupo de cuates. GoldenEye no solo era un juego; era una excusa para juntarse.

En lo técnico, adaptó el shooter al control con un solo stick de forma sorprendentemente jugable, cuando el género parecía condenado a necesitar teclado y ratón. Demostró que un FPS podía funcionar en consola, abriendo la puerta para todo lo que vino después —de Halo en adelante, todos le deben algo a este juego.
La campaña también innovó. En vez de solo avanzar disparando, tenía objetivos que cambiaban según la dificultad: en el nivel más alto tenías que hacer más tareas, lo que premiaba el sigilo y la inteligencia además de la puntería. Disparar a los guardias en distintas partes del cuerpo generaba reacciones distintas, un detalle que en 1997 se sentía de otro mundo.
Basado en la película de James Bond, GoldenEye superó por mucho el estándar —bajísimo— de los juegos licenciados de su época, y se volvió un clásico por mérito propio. Para toda una generación, es imposible separar el N64 de esas tardes de pantalla dividida, gritos, acusaciones de trampa y risas. Convirtió el videojuego en un deporte de sala, en un ritual social.
Y ese espíritu de “jugar juntos en el mismo sillón” es una nostalgia que ningún online ha logrado reemplazar del todo. Por eso, aunque los gráficos hoy se vean toscos, el recuerdo de esas partidas sigue intacto: GoldenEye no vendía realismo, vendía momentos con la banda.

